Risas en la cama.
Era inusual y un tanto confuso, sí, ella había tenido noches de todo, pero ninguna como esa noche de risas en la cama, el estaba allí jugueteando con una sábana blanca que no cubría nada, las pieles al descubierto y esas manos juguetonas que acariciaban el estómago de ella, que a su vez, terminaba de alborotar el castaño cabello de aquel hombre de boca escurridiza.
Las delicadas manos de ella se gastaban en estrujar la cama y recorrer la espalda piel morena de ese hombre que entre risas saboreaba su entre pierna. Así pasaban los minutos con besos prohibidos y apretones de manos que parecían ser la antesala de un final anhelado, el primer final de los finales de esa noche escandalosa y traviesa.
El era eso, su alegría, las risas que llenaban el cuarto se volvían placer del divertido.
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